Lecciones para Puerto Rico de la crisis venezolana de 1989 – por Bobby López

Estamos en Venezuela, al principio de 1989. Un país que se había hecho rico cuando el petróleo estuvo a $30 el barril en los años 1973 a 1985, no pudo adaptarse cuando el petróleo cayó a la mitad  entre los años 1986 a 1990. El Gobierno había usado esa bonanza, entre otras cosas, para subsidiar el precio de la gasolina dentro de Venezuela. El público llenaba el depósito de sus autos por $1, con una gasolina subsidiada.

En 1989, el nuevo gobierno de Carlos Andrés Pérez, sin dinero para operar, pidió un préstamo de $4 billones al Fondo Monetario Internacional, quien le puso como condición el acabar con los subsidios públicos. Esto hizo y provocó que se disparara el precio de la gasolina en un día un 100% y el del transporte público en un 30%.

¿Suena familiar esta historia? Efectivamente, es la de Puerto Rico en el 2016. Un gobierno sin dinero acude a una instancia superior (en este caso el Congreso americano) a pedir ayuda. Esta instancia superior, al igual que en Venezuela, le dice “OK, pero arregla la casa: elimina las ineficiencias”.

¿Qué pasó en Venezuela ante esa eliminación de ineficiencias en el 1989? Provocó revueltas populares (el Caracazo de 1989) y un fallido golpe de Estado en 1992, por parte de un joven coronel Hugo Chávez, que, dos años más tarde se hizo presidente de la República con un discurso anti-austeridad. El resto de la historia de Venezuela ha sido una pesadilla, que convirtió a los flamantes venezolanos de los 70s en un pueblo que, en la actualidad, no tiene suficientes alimentos para comer.

¿Qué lecciones debemos sacar de esta historia en Puerto Rico? La lección que yo aprendo de aquí es la siguiente: los ajustes económicos, por razonables que sean, hay que hacerlos siempre atendiendo a los sectores de la economía que van a sufrir más con el cambio. La abolición de la esclavitud en Estados Unidos era muy razonable, pero una implantación sin atender a los problemas del Sur, provocó una guerra que, 150 años después, deja hoy todavía sentir su huella.

Pero ¿cómo vamos a hacer reformas sin despedir gente? Con los $9 billones de dólares que reciben el Fondo General cada año, el sector privado podría mantener incluso más de los 116,000 empleados que ahora mantiene el gobierno central ¿No somos capaces de encontrar una nueva forma de dar los servicios públicos, y mejores, con ese mismo dinero y esos mismos empleados? Lo que tenemos que explorar es cómo reformar en gobierno para que sus agencias tengan espíritu empresarial. Esto sí sería repensar el país.

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